martes, 13 de mayo de 2014

True Detective


Por Jorge Carrión | 12 de Mayo, 2014


Cuando sólo se habían emitido dos capítulos de True Detective, gran parte de la comunidad catódica global ya había decidido que se trataba de una obra maestra. Tras la emisión del cuarto episodio, con su plano secuencia final de más de seis minutos, con su insultante virtuosismo, proliferaron innumerables artículos sobre los referentes literarios y visuales (Lovecraft, Ligotti, Lynch) o filosóficos (nihilismo, psicogeografía); además de elogios de la creación y realizaciónn (superlativos: el escritor Nic Pizzolatto y el director Cary Joji Fukunaga), la interpretación (soberbios: Woody Harrelson y Matthew McConaughey), la banda sonora o los títulos de crédito (de los mejores de la historia de la televisión). La conclusión de la primera temporada, tras semejante nivel de expectativas, no logró consenso; pero en mi opinión es brillante el modo en se ha formulado, desde el primer momento hasta el último, ese relato de dos policías que persiguen a un asesino psicópata durante diecisiete años. En estas líneas trataré de añadir algunas ideas a una doctrina en franca expansión, a través del análisis de las tres intervenciones que lleva a cabo la serie.


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En uno de los momentos más violentos y climáticos del relato, el fascinante Cohle felicita a su compañero Marty por su “compromiso”. Éste ha ejecutado a un verdugo, ha vulnerado la ley, pero según la ética de Cohle ese asesinato es correcto y, sobre todo, demuestra que su amigo es capaz de comprometerse, de meter sus manos en las tripas de lo real para sacar de ellas un corazón que late. Me interesa subrayar ese compromiso en términos de construcción del personaje. Porque es ahí donde True Detective brilla con luz propia. En un panorama –de Tony Soprano a Walter White pasando por las bodas de Juego de tronos– en que el personaje es siempre abyecto, la serie apuesta por un atormentado protagonista que lucha con uñas y dientes por preservar su maltrecha integridad (al tiempo que supera el duelo por la pérdida de su hija). Él es mejor que todos nosotros. Es destructivo, pero mejor. Nos lo dicen quienes mejor lo conocen. Y justamente porque es moralmente superior, su lucha es extremadamente individual. Por eso la historia que nos ocupa durante los años que dura la ficción es la historia de sus renuncias. Renuncia a la posibilidad de una pareja y por tanto a la posibilidad de la familia. Renuncia al trabajo y por tanto a la estructura social que reglamenta y legitima los mecanismos de la justicia y de la ley. Renuncia a la pertenencia a una comunidad que percibe como supersticiosa, atrasada y repulsiva: la América anormal y profunda que se concreta en la pantanosa Luisiana.

Grita tres veces “no” y la serie nos cuenta retrospectivamente ese camino de purificación y de despojamiento. El flashback se ha impuesto como un imperativo estilístico de la televisión de culto. También en él interviene True Detective. En el presente narrativo unos policías interrogan a los protagonistas y los saltos en el tiempo, en lugar de ilustrar sus palabras, o en vez de hacer lo contrario, oscurecerlas, como es común en la narrativa teleserial, se dedican a desmentirlas. La realidad contradice a la palabra. Una ficción se enfrenta a otra. Los dos planos del relato avanzan en paralelo y, cuando se cruzan, saltan chispas. El guionista construye una máquina texto-visual que parece inspirarse en Sospechosos habituales: pero la oralidad, en lugar de engendrar ficciones, colisiona con la evocación de los hechos que invoca pero no narra, que desvía o comenta en filigrana.



¿Qué significa True Detective? ¿Por qué “detective verdadero”? Por supuesto está el guiño al pulp, pero en otra lectura del título encontraríamos la tercera y definitiva intervención de la serie en el imaginario de esta segunda década del siglo XXI. Éste ha borrado de las pantallas al detective privado, al investigador absolutamente independiente, que tanta importancia tuvo en la televisión de la segunda mitad del siglo pasado. True Detective rescata del limbo a esa figura imprescindible de la mitología de la democracia capitalista, pero la libera de la necesidad del dinero, del pago, del cliente. La independencia de Cohle es total. Una vez abandona el cuerpo, es un hombre libre, obsesionado y torturado pero libre, que decide dedicar todo su tiempo y todos sus recursos a la resolución de un enigma. Para lograrlo recurre a su viejo compañero Marty, que también ha abandonado la policía y se ha establecido como detective privado. Sólo desde la periferia del sistema podrán conducir sin cortapisas la investigación que iniciaron casi dos décadas atrás hasta sus últimas consecuencias.



Entonces se enfrentarán cara a cara al Rey Amarillo y su crimen en serie, que ha contado con la protección de las autoridades. Un crimen en red, como una sucesión de pantanos. Un crimen genealógico, que involucra a varias generaciones de una familia enferma. Un crimen individual, familiar, comunitario. Sólo la liberación de esas tres instancias permite que el sujeto tenga una voz propia, contracultural, privada, independiente. El discurso que le permite narrarse a sí mismo en su enfrentamiento contra el Sistema. Y triunfará. Aunque sea una victoria pírrica y, como todas, insuficiente.

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